Discurso del Dr. Armando Villafuerte Claros en conmemoración al Día del Abogado

03 de diciembre de 2009
    Doctor Bernardo Wayar, Presidente del I. Colegio de Abogados de La Paz; Sres. Directores; Muy estimados colegas abogadas, abogados, amigos; Damas y Caballeros:

    Es un honor y una enorme satisfacción para mi persona expresar estas palabras en representación de los apreciados colegas hoy distinguidos por nuestro querido Ilustre Colegio de Abogados de La Paz, por haber cumplido 25, 40 y 50 años ejerciendo la más noble de las profesiones: La ABOGACÍA, porque es el mejor medio para alcanzar algo que, muchas veces y por diversas circunstancias, es muy difícil hallar: la JUSTICIA. Por esta idea, el Maestro Couture, escribe su octavo mandamiento: “Ten fe en el derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del derecho; en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni justicia, ni paz…”

    Y Gracias a la práctica constante del sentido profundo de tan supremo valor, cuando está arraigado en la mente, en el corazón y en la conciencia de los abogados, nos es siempre posible acercarnos más a la JUSTICIA, hasta ENCONTRARLA y hacerla realidad para sosiego de la colectividad y tranquilidad del abogado.

    No cabe duda de la diversidad de sentimientos, ideas, recuerdos que cada uno de nosotros experimenta en este acto preparado por nuestro querido Colegio con el propósito de celebrar el “Día del Abogado” en una Sesión de Honor, entre cuyos números hemos tenido la oportunidad de escuchar las palabras de bienvenida del Vicepresidente, Dr. Julio Burgos Calvo y el importante informe del Presidente, Dr. Bernardo Wayar. Y luego recibimos las medallas que el Colegio nos ha otorgado en esta ya tradicional ceremonia, motivando indudablemente explicables emociones en cada uno de nosotros al recibir el homenaje de esta querida INSTITUCIÓN.

    Por ejemplo, para los abogados que cumplen 25 años en el ejercicio de la profesión, que estiman este acontecimiento muy apropiado para recordar una etapa de la vida profesional que les ha posibilitado servir a la colectividad con la eficiencia, decisión y pujanza que su época les ha permitido y ahora les asegura halagüeñas perspectivas y mejores augurios que les deparen mayores conocimientos y nuevos éxitos en el desempeño profesional; o el de quienes ya han protagonizado 40 años de labor ciertamente trascendente, prudente y experimentada; o para los que pudimos llegar a los cincuenta años, o sea, al medio siglo de una vida inmersa en el Derecho, plena de evocaciones, experiencias y acumulación de conocimientos que obviamente el transcurso de ese tiempo nos ha proporcionado en casi toda una vida, y que estamos obligados a trasmitirlos a los futuros abogados y a los propios colegas, ansiosos de ampliar los suyos para afrontar los desafíos que el progreso de la ciencia, de la tecnología y, en suma, de la humanidad nos impelen... 

    Pero, sean las bodas de plata, las de rubí, o en fin, las de oro, la inflexibilidad del transcurso de los años nos permite evocar la sucesión de acontecimientos que la profesión nos ha brindado a todos, desde el primer año hasta… los cincuenta; oportunidades de ejercer la profesión al servicio de la colectividad y de nuestra querida Patria Bolivia; algunos en las tareas de la profesión independiente, otros en la función pública, en la docencia, en la judicatura, o en el asesoramiento a la amplia variedad de empresas de economía pública, mixta o privada, al Estado o a los ciudadanos en particular. En todo caso, cualquier sitio que la especialidad, la vocación o el destino haya conducido a los colegas a ejercer la profesión, estoy seguro que ha sido para apoyar y defender ante todo el DERECHO JUSTO, que es en mi concepto aquél que prometimos o juramos al obtener la licenciatura en una Universidad, o en los Colegios de Abogados o en las Cortes de Distrito, para ejercer nuestra profesión.

    Abrigo la confianza (espero no sea una mera ilusión), que nuestra comunidad considere que todos cumplimos correctamente –como lo juramos aquel día– los deberes que nos imponen principalmente los principios de honestidad y lealtad.

    Y ya que me he referido al DERECHO JUSTO, vienen a mi memoria, por una parte la figura del ilustre Profesor español - argentino Dr. Enrique Díaz de Guijarro –a quien tuve la satisfacción de conocer en Caracas, ya muchos años atrás, en unos cursos de postgrado para jueces y magistrados–; y por otra, uno de los magníficos pensamientos de Rudolf Von Hiering, a quienes me referiré brevemente. 

    Quizás alguno de los colegas podría cuestionar la idea del DERECHO JUSTO, incluso como una posibilidad, cual si fuera una antípoda, a la de un derecho injusto; expresión que parecería inapropiada, sino imposible; se trataría –dirían– simplemente de una logomaquia (como consideraba el clásico Profesor francés Marcel Planiol, refiriéndose a la teoría del “abuso del derecho”).

    Si la misma palabra derecho, del latín directum, de dirigere, enderezar, alinear; adjetivo directus, nos proporciona la idea de rectitud, exactitud, parecería un tanto dificultoso hablar de un derecho oblicuo, falso o torcido o de un derecho injusto.

    Pero es evidente que la historia de la humanidad nos muestra a los hombres o las sociedades, en diversas épocas, en determinados lapsos históricos, breves o prolongados, inmersos o enfrentados con un derecho injusto o ante una ley injusta.  (ejemplos: la esclavitud, la discriminación racial que tuvo lugar en la Alemania del nacional socialismo, que produjo el exterminio de más de seis millones de judíos,  la de Sudáfrica –felizmente ya superada; y tantos otros que importan avasallamiento de los derechos fundamentales de las personas naturales o colectivas …). El derecho injusto es lamentablemente constatado y dolorosamente vigente aun en la actualidad de una u otra manera, en muchísimas ocasiones y en diversas sociedades y países… 

    Pues bien, el Profesor Díaz de Guijarro, autor de numerosos libros y ensayos, profesor de Derecho Civil, magistrado por algún tiempo y abogado en ejercicio independiente de su profesión, había sido invitado por el Instituto Popular de Conferencias, en la Argentina (allá por los años mil novecientos cincuenta) a rendir un homenaje a los abogados y jueces. Lo expresado por el Profesor fue publicado en un pequeño libro titulado precisamente “Abogados y Jueces”, por la conocida Editorial argentina Abeledo-Perrot. En él, a modo de presentación de la obra, José Manuel Saravia, reflexionaba: “…Un derecho que no proporciona seguridad; que no garantiza, con preordenamientos fijos y constantemente válidos, la calificación que ha de darse en el porvenir al obrar del  hombre, desatiende su función específica se transforma, en el fondo, en ‘no derecho’. Esa falta de certeza jurídica es hoy la razón capital y dominante de la crisis del derecho. La inseguridad proviene, entre otros factores, no de la ausencia de normas, como ocurría en épocas pretéritas, sino de la proliferación de éstas que se mudan y acumulan en un frenesí por legislar que desvanece la confianza en el Estado; de tendencias que propugnan la potestad del juez de hacer obra política cuando tiene que decidir una controversia; del creciente debilitamiento del derecho subjetivo; (…) de haberse quebrantado tantas veces la independencia de los jueces; del descrédito en aumento de la ley como expresión de derecho y justicia…” Tal la trascendencia del pensamiento del nombrado presentador de la obra del Dr. Díaz de Guijarro, el Dr. José Manuel Saravia, acorde con la palabras llevadas a la luz en ese pequeño pero esclarecedor libro sobre el DERECHO INJUSTO, escrito en aquel homenaje a Jueces y Abogados por el recordado Profesor ya fallecido.

    “…Tiene Stambler –decía– una página conmovedora: La campaña de los siete contra Thebas había terminado con un fracaso. Los dos hijos del desgraciado Edipo habían perecido en fratricida lucha el uno contra el otro, uno defendiendo el solar patrio, otro atacando su propia patria, en delito de alta traición. El primero fue enterrado con solemnes honras fúnebres; el cadáver del segundo quedó insepulto, como botín de las alimañas, para que, según la fe de aquellos tiempos, su alma no encontrase el descanso ni la entrada en el mundo extraterreno. Así lo dispuso, bajo pena de muerte, Creonte, tirano de Thebas, en uso del poder jurídico que le competía. Pero el sentimiento piadoso de Antígona, la hermana de los muertos, no podía tolerarlo. Se dirigió subrepticiamente hasta donde estaba el cadáver de su hermano y, espolvoreándolo con tierra, lo rescató de la maldición que sobre él pesaba.

    Antígona fue descubierta y conducida ante el tirano.
    ¿No conoces las órdenes del Estado? –le preguntó éste– ¿Por qué te rebelaste contra los dictados de la ley? 
    Si las conocía –contestó Antígona–, pero no las considero buenas ni justas. Esos dictados son palabras perecederas del hombre, contrarias a los mandatos de los dioses que llevamos grabados en nuestro corazón. Y esos mandatos no son de hoy ni son de ayer; no, existen desde siempre y nadie sabe cuándo empezaron a regir.”

    “He aquí, planteado en términos de gran emoción el conflicto entre el Derecho positivo y la idea de la justicia fundamental”.

    “Éste es el primer problema con que se enfrentan jueces y abogados: El problema del Derecho injusto…”, continúa el profesor, ya fallecido.

    Estimados colegas y amigos: Yo también, como muchos de ustedes seguramente, lo experimenté más de una vez, allá en la Corte Suprema de Justicia, no por influencias externas, sino porque así se presentaron algunos procesos. Consideré mi deber, entonces,  inclinarme por el DERECHO JUSTO con base a una muy interesante “teoría de la verosimilitud”, porque la verdad real resaltaba tan nítidamente en el caso, que desvirtuaba a la norma jurídica. La ley –pensé, como los autores que la sostienen–, no puede ocultar la verdad, no puede destruir la realidad; lo contrario entrañaría una forma de fraude de esa verdad, de ocultarla, negarla o desconocerla afectando un estado de conciencia, abiertamente contrario a la justicia y a la moral. La norma no puede apartarse de ellas, menos afectarla…Como juez, yo no podía incurrir en una injusticia aplicando un derecho injusto.

    Los abogados y los jueces, indudablemente, enfrentan la disyuntiva que comento; pero estoy seguro que ellos impondrán, el DERECHO JUSTO, LUCHARÁN SIEMPRE POR ÉL Y POR LA JUSTICIA.

    La colectividad quiere vivir con la seguridad de que sus derechos subjetivos sean respetados; que los profesionales del derecho, en su actividad independiente (o libre, como se suele decir), en la administración pública, judicial o en cualquiera otra que se hallaren, contribuyen con firmeza a la protección de los derechos objetivos o subjetivos y a la vigencia de la ley en términos de JUSTICIA. Alguna vez, al inaugurar un Año Judicial en la Corte Suprema de la Nación, expresé a los mandatarios de la República y autoridades que asistían a la ceremonia lo que un autor francés escribió respecto del arte, pero parodiándolo lo hice con esta frase: cuanto más nos alejamos del Derecho, más nos acercamos a la barbarie.

    El problema es muy frecuente, ante él los abogados en particular o mediante el Colegio que nos acoge, tenemos la obligación de proteger el DERECHO JUSTO, no podemos olvidar el juramento que prestamos al iniciarnos en la profesión; lo contrario significaría traicionar a la sociedad y a nuestra conciencia.

    Por su parte, el Profesor Hiering, escribe al respecto: “La expresión Derecho encierra una antítesis que nace de esta idea, de la que es completamente inseparable: la lucha y la paz; la paz es el término del Derecho, la lucha es el medio para alcanzarlo (…)  El Derecho no es una idea lógica, sino una idea de fuerza; he ahí por qué la justicia, que sostiene en una mano la balanza donde pesa el Derecho, sostiene en la otra la espada, que sirve para hacerle efectivo. La espada, sin la balanza, es el Derecho en su impotencia; se completan recíprocamente; y el Derecho no reina verdaderamente, más que en el caso en que la fuerza desplegada por la justicia para sostener la espada, iguale a la habilidad que emplea en manejar la balanza…”

    Pero, en mi concepto –así entiendo el pensamiento de Hiering–, la espada es sobre todo un símbolo de la fuerza que impone la ley; no es el arma que lesiona,  hiere o mata; es el mismo Derecho objetivo que prevé las normas que habrán de aplicarse cuando la ley es violada.

    El Colegio de Abogados ha de estar siempre al margen de la política partidaria y entendemos que cuando su Presidente habla de los derechos, lo hace por su convicción y porque nuestras normas así lo disponen; el Presidente del Colegio ha recibido un mandato de los abogados: DEFENDER EL DERECHO JUSTO…No el derecho injusto; y al proceder así sólo cumple su deber. No debe ser interpretado de otra manera. La VOZ del Colegio es respetuosa, pero también FIRME.
 
    Gracias, Sr. Presidente y Directorio por las medallas con las que esta noche nos distinguieron, muchas gracias a los colegas.

    La Paz, 30 de Octubre de 2009

    Armando Villafuerte Claros



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